No lo Suñé…ééé… se enderezó y brindó a tu suerte

Un viaje a uno de los goles que marcó mi infancia y le puso color a un mundo en blanco y negro. Todo lo hizo un “arqueólogo” entrerriano que rescató el eslabón perdido del fútbol argentino, el gol de Suñé a Fillol a River hace 43 años. Y yo estaba ahí para contarlo.

El mítico Frank Kappa se murió convencido que el mundo sólo podía ser en blanco y negro. Las pinceladas de color sólo estaban reservadas para esos hobbits llamados pintores, de Miguel Angel a Modigliani, pasando por Cezanne, Gauguin o Picasso. Pero para Kappa , que se asomó a la desmesura de fotografiar la Guerra civil española, al Che Guevara o a los vengadores del Holocausto en Yalta, la humanidad se comunicaba en clave binaria: blanco. Y negro.

Razón nunca le faltó al Maestro. Sólo que cuando pequeños prodigios de la memoria nos asaltan, es recién ahí cuando retrocedemos en la máquina del tiempo y podemos recrear ese universo atonal del blanco y negro.

Puede ser una tarde en sepia en nuestro humor. Una cinta de los puentes sobre el río Kwai. Un destello del avión a punto de decolar en Casablanca. Un “Piluso” del negro Olmedo.

O la aparición – sin ningún motivo ni lógica más que la pasión futbolera- del eslabón perdido del fútbol argentino: el «que digo gol, el recontra golazo» del Chapa Suñé a un distraído Pato Fillol.

Es entonces que mientras busco y rebusco en los meandros de mis lóbulos frontales – justo ahí detrás de las sienes-, aparece intacta la memoria semántica (la que se carga con significados). Como un big bang interno, mis emociones se activan. No sólo recuerdo el gol. La picardía del Chapa es una excusa. Un disparador que activa las recámaras de los recuerdos.

El ritual del Boca-River en mi casa natal en un barrio obrero, levantada con las manos de mi viejo y de otros cincuenta y nueve laburantes igual que él. La sorda inquina de mi madre (gallina y gorila desde la cuna) para con mi padre (un «cabecita» orgulloso del ascenso social que consiguió con el peronismo: aprendió a leer a los 33 años, construyó su casa, tenía un autito, iba a Mar del Plata de vacaciones y soñaba con que su único hijo estudiara) por el control de la Spika primero y de la tele después.

Bostero él, «millonaria» ella. Peronista testimonial él, antiperonista visceral ella. La grieta argentina condensada en 90 minutos de Guerra Fría. Sin concesiones. Ella le recordaba a Labruna y su gesto técnico más recordado, taparse la nariz cada vez que saltaba al verde césped de la Bombonera. Él le retrucaba con la picardía del gigante Roma adelantándose no se cuántos metros para atajarle el penal a Delem en el ‘62.

Ella contándome las mil y una historias de las chicas de la platea femenina del Monumental en los 40 y 50. Él silbando bajito, para que ella no se enojara tanto y le dejara de preparar la Hesperidina con cáscara de naranja que tanto disfrutaba, la melodía simplona de «Tín/Tín, Tín/gol de Valentín» o el viejo y gastado «Amadeo/Amadeo/donde estás que no te veo». 

Así se iban las previas del partido que dividía a las dos Argentinas. Las del Riachuelo y los calabreses del conventillo versus los antecesores del chetaje, que hacer rato se habían mudado de la Ribera a Libertador y Tagle primero para asentar su identidad final en Figueroa Alcorta, la avenida del establishment criollo.

Ese diciembre caluroso venía cargado por otros aires de tragedia. Porque como dice el tema de León Gieco «fue cuando el fútbol se lo comió todo». La dictadura, ensañada en extirpar con su máquina asesina todo resabio de peronismo, sindicalismo o resistencia social, usaba cada oportunidad de celebración popular para adoctrinar. Y un Boca-River de finales del trágico 76 era una tentación para ensayar la obra de propaganda mayor que fue el Mundial 78.

Pero todo resignificado político era una banalidad a los ojos de mis viejos a las 21 de ese 22 de diciembre, cuando el Flaco Arturo Ithurralde tocó el pito y creo que el Toti Veglio puso a rodar la pelotita, mi viejo arrancó ganando. Tenía su Hesperidina servida, escuchaba a todo volumen el relato del Gordo Muñoz en la Spika y miraba en la pantalla del viejo canal 7 como esos 22 gladiadores de camisetas y pantaloncitos ajustados se movían en blanco y negro. Mientras mi vieja, encerrada en la cocina, le echaba los últimos rezos a San Ceferino para que ilumine a su amado Capitán Beto. Si, el mismo que el flaco Spinetta inmortalizó con una estampita de Carlitos en el comando de su nave espacial. Mi vieja adoraba al Beto Alonso porque lo imaginaba como la imagen rediviva de la Argentina «blanca», civilizada, europea, con clase. La antítesis de la barbarie que para su imaginario representaba todo aquel que vistiera la azul y oro.

Pero esta vez la taba cayó del lado de mi viejo. A los 72 minutos (lo consulté en Google, no creerán que pudiera recordar) el Chapa lo madrugó al Pato y lo dejó «pato rengo». Mientras Fillol acomodaba la barrera (igual que Armani hace hoy) Suñé tomó una de las dos decisiones más drásticas y alocadas de su vida. Adelantarse a sus compañeros y patear al arco desnudo. Una, esta, lo hizo entrar en el salón de la fama bostera. La otra (años después, hundido en la depresión, se arrojó por un balcón de un cuarto piso, y para su fortuna falló en el intento y sobrevivió) lo rescató del olvido.

Allí, con la pelota adentro del arco y el grito de Muñoz, confundiéndose con el de mi viejo que saltó de su banquito verde de madera maciza, se agota mi memoria semántica en blanco y negro. Creo, o tal vez lo imagino para sentirme bien, que fui a la cocina a darle un abrazo a mi vieja. Igual ella creía tanto en su santo que seguro no perdió la fe hasta el pitazo final. Y después, con la derrota inapelable, habrá recurrido a su caballito de batalla preferido para sanar los fracasos ante los «innombrables»: «nene, los bosteros son tramposos de alma, seguro nos ganaron con ayuda del árbitro». Y así como no puedo jurar que me lo dijo, podría defender ante el Tribunal de la Haya que mi vieja lo pensó.

Así del golpe se me apago el televisor Ranser de los recuerdos. Tal vez fue el Chapa y su locura. Tal vez el delirio de ese entrerriano que 43 años después sacó a la luz ese incunable del fútbol argentino.
Lo que estoy es seguro, es que como dice el Indio «!No lo soñeee/ehhhh, eeehhh/se enderezó y brindo a tu suerte/! No lo soneeee/ehhhh, ehhhh/y se ofreció mejor que nunca.

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